martes, 1 de septiembre de 2015

Leer libros



He llegado a la conclusión de que no me interesa leer más libros nuevos.

Una cuenta muy informal, simple presunción estadística, me lleva a estimar que en cuarenta años de lectura habré leído unos mil libros. Al principio pensaba en dos mil, pero creo que es exagerado. Mil sigue siendo una cifra bastante alta y muy lejos de lo que una persona media leería en toda su vida. Para que diera dos mil tendría que haber leído un libro por semana. ¿Pero quién lee un libro por semana? A uno por mes daría unos cuatrocientos ochenta. He buscado un punto intermedio. Habrá habido años en los que no haya llegado a uno por mes, pero hubo años en los que leer era mi única manera de vivir. Recuerdo haber releído siete veces el mismo libro en una semana.

Otra cuenta me dice que, con suerte, de aquí hasta mi muerte difícilmente llegaría a leer otros doscientos. Con suerte y ganas.

Es curioso, yo cifraba el número de libros escritos a lo largo de toda la historia en unos doscientos millones. Sin ninguna base científica ni dato objetivo en el que basarme. Porque si. Es más, pensaba que era imposible calcularlo verdaderamente. Sin embargo parece que hubo quién se puso a sacar la cuenta. Y la cuenta dio unos ciento treinta millones de libros escritos hasta fines de 2010. No estaba tan lejos después de todo.

Entre esos ciento treinta millones seguramente se encuentre el libro definitivo, el libro por excelencia, el libro de todos los libros. Pero claro, para reconocerlo habría que leerlos todos. Y yo, lector empedernido durante mucho tiempo, solo podría haber leído la millonésima parte.

¿Para qué seguir leyendo? ¿Para qué seguir buscando? Y no es que haya dejado de leer nuevos libros como una imposición obligada a mi mismo. Simplemente no tengo ganas. O simplemente porque con los que leí ya tengo suficiente. Si un día cae un libro en mis manos y me llama la atención lo leeré, qué importa. A lo mejor algún acontecimiento imprevisto me lleva retomar el hábito, qué importa. Volvería a leer  y a otra cosa mariposa.

He escarbado en la memoria de mis libros y he intentado seleccionar diez (en un principio pensaba en cinco, pero me decanté por diez). Los diez libros que por una u otra razón influyeron (o eso me parece) de alguna manera en mi comprensión y en mi actitud ante la vida y el mundo.       Los diez libros que releería una y otra vez.

Realmente habrá más de diez y la empresa será un poco difícil, pero creo que puedo resolverla. Y, salvo alguna intervención del azar, cuando tenga ganas releeré solamente estos. O que algún acontecimiento o hecho concreto me mueva a releer algún otro. Pero… ¿libros nuevos o no leídos…? Casi seguramente que no.

Mi lista parecerá extraña, pero supongo que solo será tan extraña como yo.





En primer lugar pongo “Las sirenas de Titán” de Kurt Vonnegut, jr. (Autor tal vez más conocido por “Matadero cinco”, del que también se hizo una película).






En segundo lugar “Al este del Edén” de John Steimbeck (también traducido como “Al este del Paraíso”) y al que la película pienso que no le hace mucho mérito.








Tercero va “Mente zen, mente de principiante”, de Shunryu Suzuki.







Cuarto pondré “La coleta del barón de Münchhausen”, de Paul Wastlawick.






En el quinto puesto “Ariadna en el Cairo” de Stratis Tsirkas.









Sexto lugar para dos. Me preguntarás   ¿por qué un puesto para dos? Porque de alguna manera en mi espíritu los dos funcionan como uno solo. “El       Tao del amor y el sexo” de Jolan Chang. 





Y “Una sonrisa en el ojo de la mente” de Lawrence Durrell, que     es el relato del encuentro y las conversaciones entre Durrel y Jolan     Chang.












Séptimo “El amor en los tiempos del cólera” de Gabriel García Marquez.







Octavo “El libro del Eclesiastés”, incluido en la Biblia, también conocido como “El libro del predicador” y atribuído por algunos a Salomón aunque refutado por otros.






Noveno “Carta al Greco”, o también traducido como “Informe al Greco” de Nikos Kazantzakis.





Y por último el décimo, el “Tao te King” de Lao Tse. En cierto momento hice un cuadro comparativo entre cuatro traducciones distintas del libro, y aspiraba a que, reflexionando sobre las diferentes traducciones, pudiera escribir una versión definitiva para mi.




Aunque los libros de mi lista pueden variar su orden según el momento, el lugar o el estado de ánimo en que me encuentre, el primero nunca cambia. Desde que cayó en mis manos, en una celda totalmente pelada de Villa Devoto donde nos llevaron para hacernos el consejo de guerra, allá por mayo de 1978. Una celda donde lo único que había, en una estantería del armario era un libro sin tapa, sin la primera página y que ha sido desde ese momento mi libro de cabecera, o el más afín a mi mismo que he leído. Solo años después, buscando referencias pude enterarme de título y autor. Y lo releí. Y volví a releerlo. Y otra vez. Y aunque pasaran cinco o diez años entre una relectura y otra, en circunstancias distintas, en lugares distintos, en estados de ánimo distintos, nunca ha bajado del primer puesto.


Y ahora reparo en otro dato curioso. Todas esas lecturas tienen mas de treinta años. Muchos libros me han atrapado, me han resultado muy buenos, me han enseñado cosas a lo largo de estos últimos treinta años. Pero ninguno llegó a desplazar a los que figuran en mi lista.





miércoles, 18 de junio de 2014

Una guerra mundial cada dos años



     En el facebook se cuelgan muchas frases, pero no siempre quien las cuelga, quien las comparte o quien les pone un “me gusta”, es capaz de reflexionar acerca de lo que está colgando o compartiendo. De sacar todas las consecuencias de lo que se cree creer.

    El otro día vi una de esas. Y tenía muchos “me gusta”.

    Hablaba de que no nos educan para la paz, no nos educan para la felicidad. Nos educan para competir. Algo parecida a esta.






    Vendría a decir que la paz y la felicidad no son compatibles con la competencia. Competir es ponerse frente a otro para demostrar que uno es mas grande, mas listo, mas fuerte, mas hábil, mas lindo, mejor que ese otro.

      
              


    
      

    Ya vemos.


    También estamos hablando de jugar al ajedrez, al poker, al scrabble.


          


    (He dejado de jugar a cualquier juego que implique ganar, competir con otro para ver quien es mejor, humillar o desconfirmar al otro).



   Estamos hablando de basket, de boxeo, de fórmula 1, de futbol.


           




Y mas de futbol

      
         


    Estamos hablando de concursos de belleza, de cata de vinos, de perros.


      


Algunos se escudan en el “yo juego para divertirme”, pero siempre se juega para ganar.

    Algunos dicen “no importa ganar, lo que importa es competir”, pero siempre se compite para ganar.


 


    Los mundiales de futbol se juegan cada cuatro años, lo mismo que las olimpíadas. Para no superponerse se juegan en años pares alternos, de manera que cada dos años tenemos o una olimpíado o un mundial de futbol.

Una guerra mundial cada dos años.

    Todos los países se preparan para competir con los otros países, para ganarle a los otros países, para dejar claro que “nosotros somos mejores que ellos”, que jugamos mejor al futbol, que saltamos más alto, que nadamos mas rápido. ¡Viva Argentina!, ¡Viva España!, ¡Viva Camerún! Humillemos a los demás.

    (Hace ya bastante tiempo que los conceptos de "nación" o "patria" han dejado de tener algún valor emocional, psicológico o de cualquier otro tipo para mi).


       


      

      

    La exaltación del nacionalismo, del sentimiento de pertenencia a algo que nos hace distintos, tal vez únicos, mejores. La reafirmación del "nosotros" y "ellos" en la confrontación del nosotros "contra" ellos. El refuerzo del concepto de fronteras.

(Ni siquiera me siento "internacionalista" porque es seguir dando entidad al concepto de nación. Estamos juntos pero cada cual sigue siendo un "nosotros" diferenciado de "ellos", con quienes nos juntamos. Nacer en un lugar o en otro proporciona características distintas, cultural y socialmente condicionadas. Pero cuando saltamos mas allá del anecdotario nos encontramos que todos somos iguales, que todos libramos nuestra batalla personal en el mundo por ser felices).

    Y de las fronteras dentro de las fronteras: los distintos campeonatos nacionales, entre provincias, entre ciudades, entre barrios.

    Y de las fronteras dentro de las fronteras dentro de las fronteras: yo soy mejor que vos, más fuerte, más lindo, más inteligente, más apto, más astuto…

    Relaciono todo esto con la necesidad de tener razón. La necesidad de demostrar que mi punto de vista es mejor que el tuyo.


Renuncio a seguir las competencias deportivas,
 renuncio a jugar a cualquier juego con el objetivo sea vencer a otro, renuncio a tener razón.



sábado, 14 de junio de 2014

La imagen del Che


    No puedo hablar del Che, no lo conocí, pero puedo hablar de su imagen.

    Fué un día andando por Granada. Coincidió que había una marcha de los trabajadores de la salud, por ciertas medidas restrictivas del gobierno, cuando me crucé con el flaco. Con el pelo a lo rasta, unas zapatillas Adidas, jeans, fumaba un Malboro y llevaba una gigantesca cara del Che Guevara estampada en el pecho.






¿Quién fabricará esas remeras? Se me ocurrió pensar.

    Empecé a prestar un poco mas de atención. Las tiendas de souvenires en Granada venden de todo lo que cualquier turista reclame. Desde cosas típicas de Granada fabricadas en China hasta encendedores con la cara del Che Guevara. También tazas con la cara del Che Guevara. Y gorras. Y llaveros. Y lapiceras.



          



    ¿Quién fabricará todo esto? Pensé. O lo que es lo mismo, ¿quién gana dinero? ¿qué capitalista se hace mas rico cada vez que un revolucionario se hace mas pobre comprando alguna de estas cosas? ¿con quién contribuye cada revolucionario cuando compra alguna de esas cosas, a quién mantiene, a quién financia?

    O lo que me parecía mas extraño, que un capitalista se haga rico difundiendo la imagen de un anticapitalista. ¿No es como escupir para arriba? Me pregunté.

    Fué entonces que me propuse averiguarlo.

    Me meto en internet y resulta que me encuentro con un montón de páginas dedicadas a esto. En una venden delantales de cocina, bolsos, tarjetas de visita, alfombrillas para mouse, pins, gorras, llaveros, invitaciones, postales, posters y hasta corbatas...!!! composiciones donde se superponen la cara del Che y la de Cristo, frases de hasta la victoria siempre, la hoz y el martillo, en fin, toda la iconografía completa. (¡¡¡ 30 euros, 48 euros por una remera!!!)



      



    Su foto mas famosa, la de Robert Korda, con su boina negra, mirando hacia algún punto lejano en el cielo recorrió el mundo, el irlandés Jim Fizpatrick la transformó en una imagen posterizada en blanco y negro sin matices que sirvió de base a la mayoría de grabados posteriores y un pintor (Gerard Malanga) plagió el estilo que Andy Warhol usó en su famoso retrato de Marilyn para hacer su propia versión del Che (a la que Andy Warhol, ni corto ni perezoso le puso su firma y se quedó con los derechos de uso…). Se confirmaba así lo que alguien había dicho (o que quizás dijera después de ver la pintura): que el Che se había convertido en una auténtica estrella del pop de izquierda...




                 


    La exaltación de la imagen del Che, la creación de la “marca Che Guevara”, fue diseñada, presentada, difundida y vendida por la misma maquinaria capitalista que se supone que él combatía.

    Porque el voluntarismo Guevarista es funcional al mantenimiento del poder capitalista.

    Es decir, que no solo fabrican remeras, encendedores, llaveros, gomas, cuadernos con la imagen del Che Guevara para ganar dinero sino que les interesa que la juventud y los revolucionarios se identifiquen con él, porque esa identificación abstracta, desideologizada, acrítica, es la forma de rebeldía que los mantiene dentro del sistema.



          


¡A más Che Guevara, menos revolución!